02 Junio 2015

Vicente Cerdá

1º Gastronomía

Hace poco tuve que salir en busca de ingredientes para un trampantojo. Mi primera parada fue, como no debe ser de otra manera, el mercado más cercano. Así me encontraría con el bullicio propio, el olor a fruta y verdura fresca, el olor a mar, a huerta y a flores, el gentío… un trozo de Murcia. Cuando llegué (sobre las 18.00 horas) quedé sorprendido. Más de la mitad de los establecimientos estaban cerrados, quedaban únicamente un par de pescaderías y carnicerías abiertas, unos ultramarinos y un establecimiento de frutos secos y snacks. No encontré el bullicio vecinal, ni la floristería, ni siquiera un lejano olor a café recién hecho.

Algo desconcertado, compré los ingredientes que pude y me dirigí a un supermercado conocido de la zona para completar mi lista. Éste, sin embargo, estaba repleto, incluso había cola en las cajas. Esto me hizo reflexionar. El modelo tradicional no desaparecerá pero no va por buen camino.

Los tiempos cambian y con ellos las costumbres y los horarios. Hoy en día, la gente dispone de poco tiempo fuera del trabajo y ese tiempo no es por la mañana, suele ser a mediodía o media tarde, y a esas horas encontramos un mercado deshabitado. Hay que adaptarse para sobrevivir. No digo transformar los mercados en centros turísticos como la Boquería de Barcelona o el Mercado de San Miguel de Madrid, mercados que han perdido su espíritu por el turismo.

Quizás, con el tiempo, adaptándose los mercados al horario de las familias, éstas puedan volver. El esfuerzo sería común por parte del comerciante y del cliente, un esfuerzo recíproco para mantener a salvo estos lugares de encuentro donde hallar productos frescos de alta calidad y, sobretodo, autóctonos puesto que la antropología nos advierte de que uno de los principales condicionantes de la alimentación es la globalización económica, que afecta a la homogeneización internacional de los consumos alimentarios. Y como dijo el pintor Joan Miró: “Para ser universal, hay que ser local”.

“La naturaleza es sabia, sólo hay que saber escucharla. El mercado es quien me dicta y me sugiere una cesta de la compra en la que recrearme” Inicio de la carta de Martín Berasategui.